IMG_2632

Han pasado dos meses desde el día en que por primera vez nos vimos, y hoy me dieron ganas de escribir sobre ello.

Cuando ya habíamos pensado que los regalos de navidad se habían acabado, el día 26 de diciembre, en la madrugada, tus membranas volvieron a dar una señal de alerta, 16 semanas después de la primera vez. Llegaba el día de acompañar el parto más importante de mi vida.

Es habitual que un alto porcentaje de mujeres luego de romper membranas inicien el trabajo de parto durante las 24 horas que siguen. Lo tuyo fue muy rápido, ya que inmediatamente luego de romper membranas comenzaron las contracciones. Te ausculté los latidos en casa para asegurarme que estabas bien, y decidimos quedarnos algunas horas acá, nunca fue nuestra idea llegar en una etapa tan inicial a la clínica.

El trabajo de parto vivido en casa fue muy intimo, la habitación sólo estaba alumbrada por una lámpara de sal mientras tu mamá se relajaba en la cama ayudada del balón. Luego trasladamos la luz al baño para que mamá pudiese sumergirse en la tina, a esa altura ya le habíamos avisado a tu matrona en lo que estábamos y ella venía en camino. Llegó cuando casi comenzaba a aclarar, ella se fue a acompañar a mamá, mientras yo armaba la piscina en el living de la casa.

Alcancé a acompañar a tu mamá sólo 10 minutos dentro de la piscina, cuando nos pidió que nos fueramos a la clínica, sentía que tu ibas bajando y el dolor ya era un problema para ella. Nos fuimos en un auto los tres, nos demoramos poco más de 20 minutos, pero fueron suficientes para que la dilatación avanzara desde los 4 a los 9 cm.

Llegando a la clínica vivimos el único momento de estrés, ya que después de la peridural, cómo ocurre en un montón de casos, a tu mamá le bajó la presión, y con ello tus latidos. Sabíamos que la única causa de esa baja de latidos era la hipotensión, así que nos concentramos en solucionar eso y todo volvió a la calma.

Éramos 4 en la habitación durante el trabajo de parto, tu mamá, tu abuela, tu matrona, y yo. Estuvimos en un ambiente que era el que habíamos descrito en nuestro plan de parto y que siempre imaginamos: uno con luces muy tenues, con ricos olores, y con unos mantras de Rosa Zaragoza y Mirabai sonando de fondo. Durante el trabajo de parto me emocioné en un par de ocasiones al vernos ahí y recordar todo lo que habíamos pasado las últimas 16 semanas. Hoy veo las fotos que tomamos y se me eriza la piel entera.

En la medida que el efecto de la peridural abandonaba a mamá, ella recuperaba su movilidad, y las posibilidades de sentir tu descenso, las contracciones y el pujo. Ella así lo entendió, la oxitocina de su cuerpo estaba intacta y nos contagiaba, ya nos acercábamos al momento del encuentro.

Los últimos pujos con los que tu madre te transportó hacía sus brazos fueron intensos, como pocos que vi y oí, ella te llamaba y tu respondiste a ese llamado. El ambiente seguía igual de oscuro, ahora eso sí se sumaba tu médico que se puso de cuclillas detrás de mamá para ayudar a recibirte. Fue luego de uno de esos pujos intensos que sentí tu primer llanto, tan agudo como corto. A las 13:26 del día 26 de diciembre, menos de 12 horas luego de haber roto membranas por segunda vez, por fin nos conocíamos. Cuando pude verte por primera vez, mamá ya te tenia en brazos en su pecho, tenias los ojos muy abiertos y a través de ellos transmitías la paz del mundo entero.

Mamá estuvo unos minutos sentada en el piso contemplándote, todos estábamos en la misma, deslumbrados con lo que ahí ocurría. Y permanecí deslumbrado por la hora siguiente que ella te tuvo en su pecho. Estaba feliz de lo que veía y de la forma como habías llegado a este mundo. En tiempos donde la falta de respeto abundan y donde la violencia domina muchos ámbitos, verte llegar en medio de esa paz y esa intimidad califica de impagable.

Anto, tu parto ha sido un regalo. Un regalo para ti, para tu madre, para mi y para los que nos acompañaron. Un regalo que durante varias semanas se vio lejano, y que atesoraremos durante toda la vida.