Los conflictos y la verdad

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No existimos familias sin conflictos. Siempre hay, pero el asunto está en resolverlos o no. Los miramos o no los miramos, nos mentimos, desviamos, ocultamos, para nosotros mismos y para los demás o somos honestos con nosotros mismos y con todos los integrantes de la familia.

 

Ojo, que ser honesto no es nada fácil. Si nos mintieron u ocultaron información de niños, solemos mentirnos u ocultarnos a nosotros mismos de adultos y a todos los que nos descienden. Aprendimos a través de la mamá y del papá, que hay temas que NO se hablan.

 

Pero para ser honesto, hay que respetarse primero a uno mismo y luego, a los integrantes de la familia. Respeto: actitud compleja si es que no nos han respetado de niños… pero bueno, sigamos.

 

Si existe eso, respeto por el otro, entonces podemos decir, por ejemplo: “Esto pasó, así lo sentí, esto pensé y por eso, decidí esto. ¿Qué piensan/sienten ustedes? Es verdad, me equivoqué, ahora veo, no supe hacerlo de una mejor manera. Pero es que nunca fui un niñx seguro, amado, mirado, confiado”.

 

Hasta acá vamos bien. Veamos qué puede seguir pasando: “Mmm… entiendo. Sí, ahora lo veo. Gracias por contar conmigo, gracias por decirme tu verdad, gracias por tu humildad. Ahora pensaremos y sentiremos, todos en familia, incluidos los niños, cómo nos llega esta verdad. Tu verdad subjetiva, compuesta por todo lo que fuiste de niñx, por todo lo que eres ahora y por cómo interpretas la realidad. Gracias por contarme lo que sucedió, ahora puedo- informada por ti- decidir.”

 

Si hay cariño por el otro, más que por uno mismo, se pueden resolver los conflictos. Pero si nuestros padres amaron más a su propio ombligo que a sus hijos, la capacidad de que amemos realmente al otro, es muy, pero muy difícil.

 

En todas las familias hay conflictos, y estoy segura de que siempre los niños deben saber la verdad. Sea la verdad que sea, simplemente, porque ellos viven en esa verdad o mentira, negación, de forma oculta. Viven en esa familia. Ellos están justo ahí, en la misma casa del conflicto. Ahí, al medio, lo huelen, lo sienten, lo miran, lo escuchan, ¡lo viven! son parte del conflicto.

 

Pero si todas esas sensaciones e imágenes no son acompañadas de palabras, los niños quedan sin entender nada de nada, solos, confundidos, angustiados, auto respondiéndose todo, en tensión, con penas, dolores de cabezas, “hiperactivos”, con anorexias, drogas, automutilaciones, etc.

 

La verdad a veces duele mucho más para los adultos que para los niños. Para ellos las cosas suelen ser mucho más simples. Es para nosotros, los adultos, que las cosas están teñidas de prejuicios y silencios.

 

Recuerdo a una mamá que llegó a mi consulta muy complicada y hablando en tono secreto, una verdad. Su hija, quien esperaba en la sala de espera, no era hija biológica de su padre. Hicimos pasar a la niña y una vez ahí, le dije:

 

-“Valentina, ¿cierto que a veces a los adultos nos cuesta mucho hablar, así no más, directamente?”.

-“Aha”, asintió la niña, mirando a la madre.

-“Ok. Mamá quiere decirte que Juan Cristóbal, no es tu papá biológico. Es decir, es tu papá de verdad, quien te ha criado y te ha amado mucho”.

-“Si, es verdad. Mi papá es mi papá y se llama Juan Cristóbal”.

 

Listo.

 

El absurdo adultocentrismo, que subestima la capacidad de los niños de comprender, amar y perdonar, ha hecho que devengamos adultos egoístas, autosuficientes, aislados e incapacitados de hablar de nuestras emociones, quedándonos rabiosos, impulsivos, deprimidos, angustiados, alcohólicos, tímidos, etc.

 

La niña del ejemplo, desde los 7 años, siempre ha sabido la verdad. Esta vez, es una verdad acompañada por la verdad de la madre, por lo tanto, así han ocurrido las cosas. Nada espantará en la adolescencia. Nada. La verdad siempre fue dicha.

 

La verdad puede ser dura, ¡pero es verdad! Y ¡¡la verdad alivia!! Nos orienta, nos da estructura: “Esto es…”; “ah, ahora entiendo”. La verdad es un mapa que está lleno de señales claras para seguir nuestro camino. La verdad nos da libertad, para elegir.

 

En todas las familias hay conflicto, no conozco una sola libre de ellos. Todas arrastramos secretos de familias, muertes, adopciones, hijos no reconocidos, alcoholismos, golpes, el tío que se enfermó y se perdió, el tío ladrón, la tía “puta”, la tía bipolar, el tío abusador, etc. Pero en muy pocas familias hay espacio para hablar de la verdad:

 

-“Sí hija, es verdad. No pude darte lo que necesitabas. Tienes razón, entiendo tu necesidad de más mamá, pero no fui capaz, me duele mi infancia, me duele mi niñez abusada”.

 

Esa hija, entiende. Esa hija, ahora puede sentir que faltó mamá. Pero también, entiende que su madre fue víctima de abuso y que su alma/cuerpo/corazón, quedó atrapada en una depresión, dejándola sin brazos para amparar. Esa es la verdad. Esa es la verdad para esa familia.

 

Y así andamos todas las familias con conflictos. Algunas los esconden mejor que otras. Hasta que un hijo se enferma, dice, escucha, reclama…

 

Hay pocas familias generosas de tiempo para escuchar mirando las necesidades de los hijos y para hablar de eso que está ocurriendo.

 

La verdad, decir la verdad, es un acto de amor.

 

Leslie Power

Publicado por lesliepower

Psicóloga Clínica pacientes adultos. Motivada por dar a conocer las evidencias empíricas en lenguaje simple para cambiar la manera de relacionarnos desde el parto, la crianza... Es urgente una revolución si queremos vivir mejor.

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