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Los avances neurocientíficos no vienen sino a confirmar algo que por instinto sabemos hace mucho tiempo: Que el amor y los cuidados (o la falta de ambos) influyen en el cerebro del niño. Diversas investigaciones avalan que el amor maternal no sólo es fundamental para el buen desarrollo cerebral del niño, sino que también es una inversión para la salud mental del futuro adulto, y por lo mismo, de la sociedad como un todo.

Esto no es nuevo. Ya en la década de los 50, John Bowlby señalaba -en su informe para la OMS- la importancia de los cuidados maternos para la salud mental infantil, y la necesidad de resguardar el vínculo afectivo entre madre e hijo. Para esto se basó en investigaciones realizadas tanto por él como por otros profesionales, donde constataba que los niños con dificultades conductuales o emocionales, e incluso adolescentes que presentaban conductas delictivas, tenían historias de separaciones tempranas y prolongadas de sus figuras maternas. Estas experiencias tempranas marcadas por la falta de cuidados y/o la pérdida de figuras significativas provocaban en estos niños sentimientos de inseguridad, hostilidad y desconfianza. Por el contrario, niños que tenían experiencias de cuidados amorosos y continuos desarrollaban lo que él llamó “una base segura”, es decir la internalización de sentimientos de seguridad y confianza básica.

Hoy las neurociencias nos muestran que las conductas y dinámicas observadas por Bowlby tienen un correlato a nivel cerebral. Los cuidados maternos moldean el cerebro del bebé, creando conexiones que, para bien o para mal, guiaran la forma en que ese niño/a se relacionará con los demás, así como la manera en que percibe y se mueve por el mundo que lo rodea. Obviamente que no se trata de que esté obligado a actuar de cierta manera (la posibilidad de cambiar está siempre presente), pero las experiencias tempranas han demostrado ser uno de los factores más determinantes de la personalidad y dinámicas relacionales de los seres humanos.

El vínculo entre una madre y su bebé es un complejo entramado de factores hormonales, neuronales, psicológicos, sociales y culturales. Las conductas y calidad de cuidado que la madre (o aquél/aquella que realice los cuidados cotidianos del bebé) van programando las conexiones entre neuronas. A través de estos cuidados el niño recibe importante información emocional de su mamá; ella le habla, lo acaricia, le canta, lo acuna, le sonríe. También llora, se angustia, se enoja. Todo esto se traduce en un intercambio afectivo que va creando caminos neuronales. El recién nacido posee unos 100.000 millones de neuronas. En sus primeros tres años de vida se formarán billones de conexiones entre ellas. Si las experiencias tempranas han sido de cuidados amorosos y atención a las necesidades del bebé, las conexiones que se constituirán serán de seguridad, lo que se traduce en un apego seguro.

De esta manera el cerebro infantil se habrá preparado para vivir en un entorno seguro, percibiendo el mundo como un “lugar seguro”. Con esta percepción, los niños se ven incentivados a la exploración.

Si por el contrario, el niño ha tenido experiencias en que sus necesidades han sido ignoradas o no atendidas estas conexiones formarán caminos que conforman el apego inseguro. El mundo entonces es percibido como un lugar impredecible y potencialmente peligroso, lo que como consecuencia inhibe la exploración.

La psiquiatra infantil y perinatal española Ibone Olza, se ha dedicado a investigar el tema y a dar a conocer la necesidad que tiene para el bebé el contacto continuo con el cuerpo de la madre inmediatamente luego del parto y durante sus primeros meses de vida. Una práctica que a pesar de la evidencia científica que la avala, aún es interferida tanto por los protocolos de hospitales y clínicas, que priorizan exámenes e intervenciones de rutina por sobre el bienestar del niño, así como por prácticas de crianza que promueven el separar a los bebés de sus madres y ajustarlos a las rutinas del mundo adulto más que a sus necesidades emocionales e incluso físicas (como ejemplo, las rutinas y horarios de alimentación y sueño).

Una de las funciones más importantes de la madre es regular las emociones de su hijo. Es elemental que le dé el consuelo que necesita si llora cuando tiene sueño o hambre, pero más importante aún es cuando tenga necesidad de contacto corporal y afectivo.  Al regular los estados emocionales se sientan las bases para que el niño pueda hacerlo por sí solo en el futuro.

De estos y otros temas estará hablando Ibone Olza cuando exponga por primera vez en Chile el 16 de noviembre. Este espacio, dirigido a padres, madres y todos aquéllos involucrados en la crianza o interesados en interiorizarse en estos importantes hallazgos, esperamos contribuya a visibilizar las necesidades de los bebés y a cambiar prácticas de crianza poco respetuosas de estas necesidades. Esperamos aportar así a una sociedad basada en el cuidado y el buen trato.

Finalizo con una frase de Eduard Punset

“La mejor manera de abordar las enfermedades mentales, incluso la delincuencia y la violencia en nuestras sociedades, es ocupándonos de los bebés”.

 

Francisca Montedonico

Psicóloga Infantojuvenil