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Los días previos al CÍRCULO DE MUJERES, comienzo a sentir una mezcla entre ansiedad, emoción y alegría que se ubica en mi estómago, útero o por ahí, entre mis caderas.
Por lo general, para ese día voy a comprar algo rico para comer y beber. También traigo flores para decorar el espacio (mi casa) donde nos sentaremos a conversar.
El día del CÍRCULO DE MUJERES me acelero, me pongo nerviosa, estoy más ansiosa e incluso un poquito irritable.
A dos horas del CÍRCULO DE MUJERES, decoro la casa, saco la mesa de centro que impide el encuentro de las miradas y coloco alfombras tejidas por mujeres indígenas de San Pedro de Atacama. Me saco los zapatos y corro por la casa, ordeno, limpio, sacudo, subo y bajo las escalas. Me saco la ropa y elijo un vestido, siempre un vestido semi ajustado. Luego voy al baño, peino mi pelo, maquillo mi cara, me pongo aritos lindos, me perfumo con olores de vainilla y coco. Me miro al espejo y me vuelvo a emocionar: ya estoy casi lista para recibir a las mujeres.
Bajo al lugar donde nos vamos a reunir. Intento hacer coincidir los cables para que los parlantes, el computador y el iPhone estén sincronizados con los videos y la música que necesito para el encuentro. En esta parte me enrabio, me desespero y, por lo general, pierdo la paciencia y derramo un vaso con agua. Siempre me pasa lo mismo: doy vuelta un vaso con agua. Como si esta serie de cables que debo conectar me “desconectara” de mi estado más puro de amor, de recibimiento, de amparo; de querer dar, ofrecer, escuchar y recibir. Nunca puedo conectar bien, no sé por qué. Ahí, medio rabiosa, llamo a mi marido y con dos instrucciones simples todo se conecta: ¡suena la música!
Me pongo contenta de nuevo. Me siento en mi sillón y abro cualquiera de los tres libros que siempre me acompañan, como para inspirarme. Pronto me doy cuenta de que estoy sin zapatos y corro a buscarlos a mi pieza que queda arriba, me tropiezo y caigo… (¡auch!). Me pongo los zapatos y de regreso me aseguro, nuevamente en el espejo, de estar linda… linda para las mujeres que vienen llegando.
Abajo ya hay una madre con su hijo en brazos. La saludo con un abrazo y le pregunto cómo llegó acá. Llegan unas y otras, y así se va llenando mi terraza de mujeres jóvenes, algunas con sus hijos, otras que han querido venir solas. Las dejo y comienzan a enredarse en conversaciones, como si se conocieran desde siempre. La maternidad es un lugar común, pero tan específico a la vez.Vuelvo a mi asiento y me concentro, respiro… miro hacia la terraza y ahí están ellas: mujeres conversando, tomando jugo, moviéndose al ritmo de la música, meciendo a sus hijos en brazos. Cuando ya estamos listas, las invito a pasar.
Respiro hondo.
Les hablo del útero. Les digo que no debiera dolernos, que el hecho de parir con dolor es haber perdido nuestra libertad. Que algún día fuimos mucho más poderosas y libres que ahora. Que el dolor de hoy es el dolor de no poder sentarnos con las piernas abiertas para poder recibir a nuestros hijos e hijas en nuestras faldas y poder tocarlos, abrazarlos, ofrecerles nuestros pechos y poder satisfacer sus necesidades tempranas de amparo y amor. Amor… tan simple, pero tan escaso hoy. Que pareciera que se nos ha prohibido ser mujeres, contener, amparar, tocar, secar lágrimas, dar comida, ofrecer el cuerpo abierto. Como si ser madres amorosas estuviera castigado.
Que nuestro útero nos duele en cada menstruación porque este músculo está rígido; ni siquiera lo nombramos, cuando estamos menstruando decimos “me duelen los ovarios” y lo que en realidad duele son las pequeñas contracciones que realiza nuestro útero para desprender sangre y tejido. Nos han dicho que la menstruación es impura, sucia; que hay que deshacerse de ella, que es una molestia… cuando no debiera serlo, si estuviéramos realmente conectadas con la potencia amorosa de nuestro cuerpo y sus ciclos. Explico que la danza del vientre es una manera de ejercitar el útero.
Cuando voy por acá, las mujeres del círculo comienzan a sentarse como indias, comienzan a ofrecer tranquilas el pecho a sus hijos. Algunas dejan que sus niños exploren, otras los mudan sin pudor. Comienza a pasar que se sienten en confianza, no observadas, libres y empoderadas.
Sigo. Antes, las mujeres se reunían más seguido. Antes, la danza del vientre era para seducirnos entre nosotras y ejercitar el útero, el vientre. Luego pasamos a  bailarle a los hombres (que no está mal, mientras no nos olvidemos de nosotras y nuestras necesidades) y, al ritmo de las necesidades del sistema patriarcal, nos fuimos perdiendo, desconectando de nuestros cuerpos, emociones e instintos, y así entregamos nuestros cuerpos a mandatos externos para sentirnos miradas, entregamos nuestros úteros para ser cortados por un bisturí, cortamos nuestros cuerpos, leches y vínculos para entregarnos en cuerpo y alma a una cadena de producción laboral… de diez horas.
Es hora de empoderarnos, de retomar lo perdido. De tejer los puntos idos, de coser los cuerpos cortados y de aprovechar nuestras curvas, hormonas, neocórtex y las estructuras arcaicas de nuestro cerebro y sensibilidad para criar hombres y mujeres sensibles, capaces de generar cambios a favor de la humanidad. Las mujeres tenemos una tarea que es mayor y tiene que ver con el amor.
Bienvenidas sean todas.
Desde ahí, salen a la luz las presentaciones de cada una, discursos llenos de luces y también de sombras. Es común que, mientras se van presentando, algunas lloren… “no sé por qué lloro”. No importa, ya sabremos, hay permiso para llorar. Miro al frente y hay otra emocionada, con los ojos listos para dejar caer una lágrima. Pareciera que en el círculo de mujeres hay espacio.
Cuando cada una habla, su voz, el tono, las palabras, sus afectos y movimientos son recibidos y escuchados no sólo con los oídos, sino también con la piel. Miramos con los ojos, con las manos. Usamos todos nuestros sentidos para encontrar la razón común del por qué estamos acá, en este círculo. Cada una es un mundo. Sin embargo, en estos círculos es como si todas fuéramos iguales, sin importar el lugar de dónde venimos. Aquí somos todas mujeres: algunas con traumas o mal tratadas, otras muy bien tratadas y amadas; unas con dificultades para embarazarse y otras que a temprana edad abortaron. Mujeres, madres que quieren buscar compañía, no importa de dónde vengamos ni qué historias arrastremos. Todo se habla, sin miedo.
Estamos acá porque juntas, en confianza, todas unidas por el hilo conductor de los hijos, nos sentimos acompañadas y comprendidas. No tan solas en la crianza. Llama la atención el sentimiento de soledad que experimenta cada mujer con un hijo en brazos… eso es anti natura. Es tan necesario dejar de excluir a las madres puérperas e incluirlas con sus hijos en todos los espacios sociales. ¡Están tan solas!
Nos reunimos en estos CÍRCULOS DE MUJERES para preguntar y recibir respuestas, para sentirnos seguras. Dicen, por ejemplo:
–        “Me encanta escucharlas, es un alivio, pensaba que lo estaba haciendo pésimo”
–        “¡No sé hacer eso! Cómo le hago cariño, nunca me tocaron”
–        “Qué bueno estar acá. Me siento tan criticada por todos porque no lo dejo llorar”
–        “¡Sabía que estaba bien! ¡Qué bueno! Estoy aliviada, me voy mucho más segura”
–        “No entiendo por qué tengo que separarme de mi bebé, no quiero cortarme la leche… estoy pensando en hacer algunos cambios”
–        “Ahora entiendo por qué mi guagua se despierta tantas veces por la noche. Qué alivio… voy a seguir mi instinto y voy a acurrucarla. Cada vez que lo hago, se duerme”
–        “Tengo mucha pena, no puedo hablar…”
–        “Desde que nació Mariana no paro de llorar… estaba tan bien antes y ahora no paro de llorar. Mi madre murió cuando tenía 5 años, no sé nada de mi historia”
–        “Quiero contarles que he golpeado a mi hijo y no quiero volver a hacerlo. Siempre dije que no haría lo que hicieron conmigo, pero repito igual”
Hablamos del desarrollo cerebral de los niños, de la importancia de la exterogestación, de respetar los ritmos, de ponerse en el lugar de ellos. Que sus madres y padres somos sus “yoes” auxiliares. Decimos también que el apego y sentir seguridad es tan o más importante que satisfacer la sed y el hambre; que somos mamíferos humanos, por tanto, mamones y dependientes de nuestros padres y madres por muchos años, y que ser capaces de sintonizar con las necesidades de nuestros hijos para satisfacerlas de manera rápida y atingente hace que las redes sinápticas en los cerebros de los hijos se lleven a cabo de tal manera que favorecen su atención, memoria, lenguaje, pensamientos, autoestima, seguridad… bienestar. Tratamos temas de neurobiología y su impacto en la importancia de promover buenos tratos a través de una crianza cercana, respetuosa, digna… Como dice mi amiga Berna de @conoceminundo: para una cultura de la paz. Mientras más amor demos, más tiempo estemos y más apegados nos encontremos, más seguros, más independientes y amorosos caminarán por el mundo (video).
Trabajamos, estudiamos, leemos, vemos videos, escuchamos música, nos encontramos entre mujeres para sentirnos felices. Todas se van felices, llenitas. Algunas no se han separado más y otras se han mantenido conectadas por email. Unas tantas se repiten los círculos, ¡me encanta volver a recibirlas! Otras deciden tener espacios a solas conmigo y revisamos amorosamente “eso” que apareció, que estaba tan escondido.
Al terminar, quedo muy cansada. Es como si pusiera todos mis recursos ahí. Me imagino una actriz que deja todo en el escenario. Cuando las mujeres se van, me siento un poco triste, pero luego siento y pienso: “esto es lo que más me gusta hacer en la vida, soy afortunada”. Trabajar con mujeres en etapa de puerperio y crianza es un regalo que me da la vida y que yo devuelvo a las vidas.
Siempre lo digo: nunca soy la misma luego de un CÍRCULO DE MUJERES.
Leslie Power
Psicóloga Clínica